Campo de regatas

Por la mañana, el campo de regatas estaba vacío. Sin un alma.

La manga sería mucho más tarde, pero las dos remeras se aventuraron en el lago para aprovechar hasta el último momento y afianzar su concentración.

Aquella montaña que servía de fondo, hacía las veces de gigante que las quería devorar, acentuando la soledad que se respiraba en aquel lugar. Por eso disparé.

La indefensión del deportista ante una naturaleza que siempre parece ser más fuerte que él. Que ellas.

No desistían. No se amedrentaban. Remaban y remaban.

Después del clic, desaparecí. No se sí ganaron.

Campo de regatas de Castrelo de Miño. Ourense

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